Hacer el camino

 

Una vieja canción de los Elfos de Rívendel dice así:

 

 

“Las estrellas brillán más

Que las gemas incontables,

Y la luna es aún más clara

que los tesoros de plata,

el fuego es más reluciente,

en el hogar a la noche,

que el oro hundido en la mina.

¿Por qué ir de un lado a otro?

 

¿Por qué ir de un lado a otro? ¿Por qué caminar y emprender una aventura? ¿Por qué seguir a los grandes hobbits como Bilbo o Frodo Bolsón en un viaje cuando como aquellos medianos nosotros también vivimos en “un agujero-hobbit, y eso significa comodidad”, un lugar en el que “la gente los consideraba muy respetables, no sólo porque casi todos eran ricos, sino también porque nunca tenían ninguna aventura ni hacían algo inesperado”[i]?

Así pues, si un día aparece un mago en la puerta de nuestra cómoda casa y nos propone “compartir una aventura”, probablemente nuestro primer instinto sea el de responder como lo hizo Bilbo: “En estos lugares somos gente sencilla y tranquila y no estamos acostumbrados a las aventuras. ¡Cosas desagradables, molestas e incómodas que retrasan la cena!

Pero cuando el mago insista, aún si mostrarnos los dragones lejanos que acechan más allá de nuestra comarca, y a dragones cercanos, los que habitan dentro de nosotros, quizá tengamos la suerte, suerte de que cerca nuestro algunos enanos empiecen “juntos a tocar una música, tan súbita y dulcemente que como Bilbo olvidemos todo lo demás, y seamos transportado a unas tierras distantes y oscuras, bajo lunas extrañas, lejos de Delagua y muy lejos del agujero—hobbit bajo La Colina” en el que vivimos. Y entonces sintamos “dentro (…) el amor de las cosas hermosas hechas a mano con ingenio y magia; un amor fiero y celoso, el deseo de (…)  salir y ver las montañas enormes, y oír los pinos y las cascadas, y explorar las cavernas, y llevar una espada en vez de un bastón” y lanzarnos a vivir la vida como una gran aventura.

Y es que como el autor de toda esta mitopoética, J.R.R.R Tolkien explicó[ii], los cuentos de fantasía pueden ser utilizados  como un espejo para el alma del hombre. Por eso toda la narrativa relativa a las aventuras de los hobbits y demás habitantes de la Tierra Media en torno al Anillo muestran un “realismo” que nos es difícil ver desde nuestra: “Cuanto más podamos ver la  vida como un cuento de hadas, más claramente el cuento ha de resolverse en una guerra contra el dragón que está arruinando el país de las hadas[iii], pero estos cuentos no solo nos hablan del mundo real, sino que nos contagian y nos educan en una esperanza desde que somos pequeños. Como de nuevo Chesterton escribe, “los cuentos de hadas no solo le dicen a los niños que los dragones existen. Los niños ya saben que los dragones existen.  Lo que los cuentos fantásticos muestran es que se puede matar a esos dragones.”

El “Camino del Anillo” es en el fondo una peregrinación, un camino de ida y vuelta  en el que sus protagonistas se convierten en adultos en un sentido pleno, es decir, creciendo en sabiduría y virtud[iv], en la eliminación de nuestro dragón interior. Es un camino de liberación del Anillo como tesoro, que con su poder puede cegarnos, un tesoro que el dragón atesora en su montaña, y el hobbit, quizá más en consonancia con nuestra vida fácil, en nuestra comodidad y a veces incapacidad de sacrificarnos por los demás.

 

Y como todo camino, y como le pasó a Bilbo, quizá al principio el dejar la vida cómoda durante unos días, y adentrarnos en la Tierra Media, o mejor aún en la Marca Media[v], pues así fue llamada esta zona de la sierra de Madrid durante siglos por ser tierra de frontera entre moros y cristianos, caminar durante días quizá nos haga quejarnos al principio. Pero quizá  también tengamos la misma “suerte” de Bilbo, que si bien al principio renegó de ella, al final como le dijo a Thorin en su lecho de muerte se “alegró de haber compartido tus peligros: esto ha sido más de lo que cualquier Bolsón hubiera podido merecer.” Como Tolkien afirmó “el viaje desde la comarca hasta Mordor y el posterior regreso tiene que ver con el crecimiento interior de los personajes.”  Aquel viaje es cambió a los dos y así esperamos que este recorrido por las montañas de la tierra Media madrileña nos pueda ayudar a otros a crecer otros siguiendo este cuento de hadas por los caminos trazados en la sierra desde tiempo inmemoriales. Bilbo y Thorin descubrieron el dragón que les atenazaba el corazón. Para el primero era la comodidad, para el segundo la riqueza y el poder. Pero el camino juntos les hizo cambiar. Ambos crecieron en la  virtud y como le respondió Thorin “en algo de coraje y algo de sabiduría mezclados con mesura. Si muchos de nosotros diéramos más valor  a la comida, la alegría, y las canciones que al oro atesorado, este sería un mundo más feliz.”  Y cambiaron ellos, pero también quienes vivieron con ellos después.

“Al fin habló haciendo un esfuerzo y oyó sorprendido sus propias palabras, como si algún otro estuviera sirviéndose de su vocecita.

-Yo llevaré el Anillo -dijo-, aunque no sé cómo.[1]

Frodo, sobrino de Bilbo, no hubiera asumido cargar con el anillo sin el crecimiento interior que su tío vivió al haber hecho su propio camino del anillo una generación antes, y que le permitió ver en él algo que generaría esta generosidad.

“El camino del anillo” pretende recorrer desde esta sabiduría, la que aprecia la alegría, la música, la amistad sincera y verdadera, el espíritu de sacrificio y el valor de la comunidad, la belleza, y como no el buen comer, la Marca Media. Y hacerlo de un modo especial, reconociendo en la belleza de la Creación la vida como aventura bajo la luz de un sol providente que no podemos mirar directamente pues nos ciega, pero que al tiempo nos da constantemente la luz que se refleja en la una naturaleza en la que encontrar suaves colinas como las de la Comarca, bosques de Ents, robles y hayas, montañas que subir a través de  pasos como el de Carhadras o canchales de piedra de los que cualquier enano esculpiría las estatuas de argonautas más imponentes junto al río Anduin.

A lo largo de los caminos de la Tierra Media, y pensando especialmente en los niños que los recorran podremos aprender de Tolkien la magia de los lenguajes y la belleza de las palabras así como el valor de contar y leer historias. Con la magia de las historias y la belleza y el estupor de los paisajes, la filosofía y religión[vi] se convertirán en compañeros de camino pues “los niños, por supuesto son tan filósofos como cualquiera, y más que muchos adultos cuya habilidad para asombrase y preguntarse hace mucho que se atrofió[vii]”. Y como no, cualquier Compañía de caminantes que recorran el camino encontrará esa naturaleza tan querida[viii] por Tolkien, con toda su biodiversidad en esplendor en los distintos espacios naturales[ix] que se recorren, además de una cultura, historia, y arte local únicos.

A lo largo del camino del anillo jugaremos, huiremos de orcos y sí, como exclamó Sam: “¿Habéis oído eso? ¡Vamos a ver elfos![x]”  y veremos a lo lejos las torres de Sauron donde más allá de nuestra aventura tendremos que regresar cargados de la belleza de los paisajes en los que la gracia  como la luz del sol se refleja, para acotar como diría Tolkien el poder de la máquinas, o de ese “paradigma tecnocrático y la adoración del poder humano sin límites, se desarrolle en los sujetos este relativismo donde todo se vuelve irrelevante si no sirve a los propios intereses inmediatos[xi]” como expresa el Papa Francisco[xii] con palabras que hubieran estado íntegramente suscritas por Tolkien.

 

 

El viaje del anillo pretende en cada uno de los que lo hagan sembrar una pequeña semilla que nos haga conscientes de que somos como hobbits, que vivimos una gran aventura[xiii], un viaje en el que quizá no matemos a este dragón que está destruyendo al país de las hadas, pero sí y esto es lo más importante, quizá podamos destruir parte del dragón que se come nuestra propia alma.[xiv]  Porque si “el único viaje real del descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes sino en tener nuevos ojos.[xv]”, el camino del anillo debe ser un camino de crecimiento interior, un lugar tras el cual algún Gandalf pueda decirnos a nosotros “¡Mi querido Bilbo! ¡Algo te ocurre!  No eres el hobbit que eras antes[xvi]en el que la gracia y belleza  que percibamos en la naturaleza y en la compañía nos permitan  volver  a tener una mirada esperanzada “por la ventana y veamos como las estrellas asoman fuera en el cielo oscuro, sobre los árboles[xvii]”. Y  volvamos  a ser como Sam, incluso en el corazón de Mordor, cuando “vio de pronto una estrella blanca que titilaba. Y tanta belleza, contemplada desde aquella tierra desolada e inhóspita, le llegó al corazón, y la esperanza renació en él. Porque frío y nítido como una saeta  lo traspasó el pensamiento de que la Sombra era al fin y al cabo una cosa pequeña y transitoria, y que  habrá algo que ella nunca alcanzaría: la luz y una belleza muy alta[xviii].

 


[i] Tolkien, J.R.R. (2002). «El Hobbit». Traducción de la edición original en inglés de 1930. Barcelona: Minotauro. ISBN: 978-84-450-7380-3.

 

[ii] Tolkien, J. R. R. (1998). «Sobre los cuentos de hadas». Los monstruos y los críticos y otros ensayos. trad. Eduardo Segura, rev. Ana Quijada. Barcelona: Minotauro. ISBN 978-84-450-7097-0.

[iii] Chesterton, G.K.

[iv] Pearce, J (2012). «El viaje de Bilbo. Descubriendo el significado oculto en El Hobbit ». Madrid: Ediciones Palabra. ISBN 978-9840-792-1.

[v] La “Marca Media” fue una de las demarcaciones territoriales de Al Ándalus. Por su situación al sur del Sistema Central, haciendo frontera con los reinos cristianos de la mitad norte peninsular, jugó un papel fundamental entre los siglos IX y XI, como garante de las posiciones musulmanas. Este territorio, coincidente en gran parte con la actual Comunidad de Madrid y otras provincias del centro de España, fue fortificado mediante un complejo sistema defensivo, del que surgieron fortalezas como las de Madrid, Alcalá de Henares y Villaviciosa de Odón, entre otras plazas. De ellas nos han llegado vestigios tan singulares como la muralla de la Cuesta de la Vega, el castillo de Alcalá la Vieja y los restos arqueológicos de Calatalifa, respectivamente. Dentro de este contexto militar, también fue creada una red de atalayas, muy estructurada, que se encargaba de vigilar los pasos de montaña de la Sierra de Guadarrama y de Somosierra, puntos considerados de especial peligro. Las diferentes torres-vigía se comunicaban entre sí mediante 'humadas', que alertaban a las tropas ante posibles incursiones cristianas. Muchas de ellas aún se mantienen en pie, caso de las existentes en Torrelodones, Venturada, El Vellón o El Berrueco.

[vi] “El trabajo de Tolkien está impregnado con “una atmósfera” de temas religiosos… Dirigiendo la atención a la trama de la historia, se ilustra como la Providencia actúa en el mundo real, cuando por ejemplo los personajes luchan contra sus tentaciones o cuando en determinados momentos la belleza nos recuerda lo Trascendente ( Caldecott 2013. Nota siguiente)

[vii] Caldecott, S. (2013). «Tolkien para escolares ». En El poder del anillo. (traducción de “The power of the ring”). Madrid, Encuentro.

[viii] En su artículo «Defending Middle-earth», Patrick Curry,  detalla el amor de Tolkien por la naturalez: “Su profunda sensibilidad por los paisajes naturales, su variedad y su forma de reflejar hasta el más mínimo de sus detalles, impregna particularmente El Señor de los Anillos, y explica en gran parte por qué esta novela resulta tan convincente. La historia habla de geología, ecosistemas y de biorregiones; de la flora y de la fauna, de las estaciones y del clima, del Sol, de la Luna, de planetas y de estrellas (…).En El Señor de los Anillos se pueden encontrar más de sesenta especies de plantas y al menos ocho tipos inventados, lo que refleja el amor especial que sentía Tolkien para la flora. Pero el centro del escenario lo ocupan los árboles. Como él mismo escribió en una carta al final de su vida, «En todas mis obras asumo la parte de los árboles en contra de todos sus enemigos». Incluso describió una vez El Señor de los Anillos como «mi propio árbol interior».

[ix] Reserva de La biosfera del Rincón y reserva de caza de Sonsazy como telón de fondo el Parque Nacional Sierra de Guadarrama y la Sierra de Ayllón.

[x] Tolkien, J. R.R. (1977). «El Señor de los anillos». Traducción del inglés publicado  en 1954). Barcelona, Minotauro.

[xi] Papa Francisco. Carta Encíclica Laudato Si’ del Santo Padre sobre el Cuidado de la Casa Común

[xii] “Sin embargo, es posible volver a ampliar la mirada, y la libertad humana es capaz de limitar la técnica, orientarla y colocarla al servicio de otro tipo de progreso más sano, más humano, más social, más integral. La liberación del paradigma tecnocrático reinante se produce de hecho en algunas ocasiones. Por ejemplo, cuando comunidades de pequeños productores optan por sistemas de producción menos contaminantes, sosteniendo un modelo de vida, de gozo y de convivencia no consumista. O cuando la técnica se orienta prioritariamente a resolver los problemas concretos de los demás, con la pasión de ayudar a otros a vivir con más dignidad y menos sufrimiento. También cuando la intención creadora de lo bello y su contemplación logran superar el poder objetivante en una suerte de salvación que acontece en lo bello y en la persona que lo contempla. La auténtica humanidad, que invita a una nueva síntesis, parece habitar en medio de la civilización tecnológica, casi imperceptiblemente, como la niebla que se filtra bajo la puerta cerrada. ¿Será una promesa permanente, a pesar de todo, brotando como una empecinada resistencia de lo auténtico?”

[xiii] Tolkien escribió “El Señor de los anillos” tras haber pasado por las trincheras del Somme en la Primera Guerra Mundial, y era consciente de que la aventura de la vida, con todo su dramatismo era algo que nos afecta a todos de un modo u otro.  La validez de su obra para afrontar la vida quizá de un modo impactante se muestra en la carta 66  a su hijo Christopher durante la Segunda Guerra Mundial: “Bueno, así tienes: un hobbit entre los Urukhai. Mantén el hobbitismo en el corazón y piensa que ésa es la sensación que producen todas las historias cuando se está en ellas. ¡Tú estás dentro de una historia muy grande!

[xiv] Pearce, Ibidem

[xv] Marcel Proust ( En busca del tiempo perdido)

[xvi] Tolkien, J.R.R. El Hobbit. Obra citada.

[xvii] Ibidem

[xviii] Tolkien, EL Señor de los anillos. Obra citada.